La tierra de ignacio esta vacia, las veredas rotas, rotas las casas, el recuerdo de disparos a quema ropa, la lujuriosa masacre, enardecida de sangre, el miedo, el llanto, y ese sentimiento de odio alojado en la profundidad de los niños endebles que van en los brazos de sus padres que corren por sus vidas. la tierra de ignacio esta vacia, el ganado que conversaba alegremente por las tardes en el potrero, desapareció en los camiones que esperaban llenos de soldados de la patria, la tierra de ignacio arde y arde, las lágrimas urden cuando el comandante paramilitar lee la lista negra, los frenéticos soldados de la muerte, apartados de la realidad, disparando en su sueño alusinojeno, desgarran la esperanza de una patria.
Y en el diario de un domingo muy lluvioso se reporta al comandante describiendo la crueldad, reparado por las normas de justicia y paz, encaminando la culpa hacia un comandante que dicen esta muerto.
Pero la crueldad, es crueldad y queda suelta, no se encierra en despachos temporales, en sistemas carcelarios, en fosas comunes y campos de ajusticiamiento, la crueldad queda libre en el recuerdo, baja con su olor de sangre de la sierra por las tardes, respira agonizante entre las pesadillas de las mujeres, hace digestión con los alimentos escasos de los nuevos desplazados.
La tierra de ignacio está de luto, y el delito sin paga aún anda suelto, riéndose de los medios que justificaron el fin, ahora en la cuidad, donde no existen hojitas verdes que acariciar cuando llega el alba, y el sol se enconde entre rascacielos de concreto, los no fusilados, los eximidos de las balas, pero condenados a cargar con la crueldad, esperan su regreso, el regreso a su montaña, a su vereda, a su pequeña patria, y aunque su tierra ahora es tierra de nadie, todos saben y en voz baja lo comentan, su tierra ya tiene dueño.