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Terra
La Coctelera

Bojaya (chocó)

En el templo donde tantas veces Dios, recordó la justicia y la alegría, donde tantas veces Dios se conmovió en el alma de aquellos pobres, de aquellos olvidados. En el templo donde tantas veces Dios, bajó del cielo raudo en memorables confesiones, en liturgias domingueras especiales, allí se refugiaron todos cuando la guerra les estalló en la cara, cuando quedaron acorralados entre las balas desde el monte y desde rio... Entonces! se desprendió el cielo, con tejas, con odio, con arrogancia, sin cuidado de los niños, de los viejos, de los negros de aquellos afrocolombianos que aceptaron un día la colonia, la libertad, las normas, la democracia, la pobreza y la guerra. Aplastados, derribados, los destellos de la muerte, entre gritos desgarradores, entre la risotada del pánico, entre la desesperanza, relucían en el crucifijo a los que muchos ojos se aferraron por ultima vez, que gran juicio final, que apresurado Dios, que apresurados los seudo Dioses, detrás de los fusiles... los pescaron con se pesca en rio revuelto, los matarón a la jura, como si la vida fuera una absurda rifa donde se obliga a participar, los matarón, los asfixiaron, los aplastaron, y podría decir 119 apelativos a sus muertes, pero no hay más que describir, si en aquel instante, ningun actor armado se atrevió a decir "alto al fuego"... murieron donde Dios habita, y su templo les sirvió de tumba.

EL ARO (ITUANGO - ANTIOQUIA)

La tierra de ignacio esta vacia, las veredas rotas, rotas las casas, el recuerdo de disparos a quema ropa, la lujuriosa masacre, enardecida de sangre, el miedo, el llanto, y ese sentimiento de odio alojado en la profundidad de los niños endebles que van en los brazos de sus padres que corren por sus vidas. la tierra de ignacio esta vacia, el ganado que conversaba alegremente por las tardes en el potrero, desapareció en los camiones que esperaban llenos de soldados de la patria, la tierra de ignacio arde y arde, las lágrimas urden cuando el comandante paramilitar lee la lista negra, los frenéticos soldados de la muerte, apartados de la realidad, disparando en su sueño alusinojeno, desgarran la esperanza de una patria.
Y en el diario de un domingo muy lluvioso se reporta al comandante describiendo la crueldad, reparado por las normas de justicia y paz, encaminando la culpa hacia un comandante que dicen esta muerto.
Pero la crueldad, es crueldad y queda suelta, no se encierra en despachos temporales, en sistemas carcelarios, en fosas comunes y campos de ajusticiamiento, la crueldad queda libre en el recuerdo, baja con su olor de sangre de la sierra por las tardes, respira agonizante entre las pesadillas de las mujeres, hace digestión con los alimentos escasos de los nuevos desplazados.
La tierra de ignacio está de luto, y el delito sin paga aún anda suelto, riéndose de los medios que justificaron el fin, ahora en la cuidad, donde no existen hojitas verdes que acariciar cuando llega el alba, y el sol se enconde entre rascacielos de concreto, los no fusilados, los eximidos de las balas, pero condenados a cargar con la crueldad, esperan su regreso, el regreso a su montaña, a su vereda, a su pequeña patria, y aunque su tierra ahora es tierra de nadie, todos saben y en voz baja lo comentan, su tierra ya tiene dueño.